lunes, 26 de septiembre de 2011

Miami, here we are!

O eso parece por las palmeras y los carteles, porque si nos fijamos en el tiempo no sería de extrañar que Noé de un momento a otro apareciera surcando la calle. Sí, amigos, está lloviendo como si no hubiera mañana, ni hoy, ni nunca. Supongo que es lo que tiene el clima tropical, y por lo menos ya me siento menos culpable por haber metido ocho millones de jerseys en la maleta. Eso sí, ¿por qué no escuché a mi madre cuando me dijo que metiera un impermeable?

El viaje fue muy bien, algunas de turbulencias y la arcada insufrible de "Algo Prestado" amenizaron las 9 horas de vuelo. Al llegar al aeropuerto tuvimos que pasar un millón de controles, pero nada que el I-20 y una sonrisa de no-me-entero-pero-vale no pudieran sortear.



Pillamos un taxi hasta nuestro hostel, aka, habitaciones carcelarias. Lo mejor del lugar es que está lleno de guiris buenorras para los chicos y extranjeros interesantes para las chicas. Casi todos australianos (¡qué bueno lo que te espera Din Don!). Por el momento os recomiendo el lugar. Se llama South Beach Hostel. Es el clásico albergue de backpackers, del que destaco el wifi, la música de las zonas comunes y la sencillez, extremada sencillez, y limpieza de los baños y habitaciones. Y por supuesto, el precio.

Supuestamente teníamos que empezar la búsqueda exhaustiva de piso, pero con la que está cayendo no sé como nos las vamos a apañar. ¡Cruzad los dedos!

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